Virna Texeira

portuguese

Soles

Un sol, la dicha
sorprende a la mesera que recibe
la propina cual dios del mismo nombre.

Un sol rojo en la playa, píxel en el ojo
de una foto digital que no debimos sacarnos,
interrumpido por líneas de nube (las cataratas)
y la tele del bus,
polvo que impide otros polvos
en un desierto que ningún pasajero reclama,
inadvertido el mar (el iris).

El bus auspicia la negra carretera
que corta el arrebol,
una camiseta que sería de rangers
si estuviera en mi tierra y no
donde ninguna construcción se ha terminado
para eludir impuestos o mirar las estrellas,
apenas cubiertas por la ropa interior colgada
y flameando: camisetas de un equipo pequeño
visitando el estadio de la masa tevita.
La rueda del triciclo armando un taco, este sol
tres cuartos en el agua su reflejo,
más la pantalla del bus que ese ojo rojo.

Una vez me dijeron que era un sol.

Y si para tocar el sol bastaba
poner el dedo chico en la primera
cuerda luego del do, siempre enseñaron
mejor el anular, voltearlos
como el cartel –cerrado– en los boliches
y me dan ganas de contarles cuál
es el cambio de sol a peso,
pero la tasa es otra (juego de manos
y muecas) cuando la pronuncio
en la guitarra.

En el cielo despejado no hay puntos de referencia
para decir cerca o lejos.

Mejor que venga el sol, que trague
a quienes lo permiten apenas quince días
retribuyendo el año de maltratos
(era gratis, gratuito, gratis, gratis).
Con el color ladrillo de las casas
sin terminar (ya, casi todas)
dorado el oro, el día, el hombre
no la plata, la luna, la mujer (acaso la pantalla
o bien la dicha de la mesera que recibe
la propina cual dios del mismo nombre).
Las decenas de veces que intentamos la foto
con la puesta de sol, la espera
por revelar un rollo que nos presentaría
negros de nuevo, tapando un rojo inentendible.

En la ciudad que habito yo decido
si me alimento, si me abrigo, si miro mis pisadas cuando vuelva.
Quien decide afuera es el sol,
si crece algo de comer, si muero
de hipotermia o transpiro.
Le rezaría a él antes que a nadie:
yema de huevo de campo
derramada en mar la copa
no del galán de la tele
sí de los espectadores.

La clara previa a revolverse es una nube
y el cielo cubre la paila.
El ruido de ese aceite recuerda al de las olas
cuando se está en el mar y no con la conchita en el oído,
a regadores cuando empapan, y

las películas nos robaron hasta el atardecer.
El bus nos ha robado el viaje.

Al sol lo construyeron jornaleros
como los de este bus, que ni lo miran
ahora que la energía puede inventarse en otros soles,
que no los broncearán
aunque se juren invitados.

Difícil adorar a un único sol
cuando ya existe la palabra soles
y uno no sabe si vio el mismo ayer
(cambiaron el camino y la abrazada)
cuando al camino le salieron brotes
y a la que amamos, el fruncido ceño
las decenas de veces que intentamos la foto
con la puesta de sol, la espera
por revelar un rollo que nos presentaría
negros de nuevo, tapando un rojo inentendible
como el del ojo en tomas digitales.
Acaso quede el puro rojo
que ven los cerrados cuando al sol,
delgados pájaros de interferencia.

La terramoza (qué palabra) dice
que para una mejor visión de la película
se cierren las cortinas.

© Enrique Winter
From: Guía de despacho
Santiago: Cuarto Propio, 2010
Audio production: Taken from the album 'Agua en polvo' (Santiago: Cápsula Discos, 2012) by Winter Planet, a collaboration between Enrique Winter and the musician Gonzalo Planet.

Sóis

Um sol, a fortuna
surpreende a garçonete que recebe
a gorjeta qual deus do mesmo nome.

Um sol vermelho na praia, píxel no olho
de uma foto digital que não devíamo-nos tirar,
interrompida por linhas de nuvem (as cataratas)
e a tevê do ônibus,
poeira que impede outras poeiras
em um deserto que nenhum passageiro reclama,
despercebido o mar (a íris).

O ônibus auspicia a estrada negra
que corta o arrebol,
uma camiseta que seria do rangers
se estivesse na minha terra e não
onde nenhuma construção se concluiu
para evadir impostos ou olhar as estrelas,
apenas cobertas por roupa íntima pendurada
e flamejando: camisetas de uma equipe pequena
visitando o estádio da masa televisiva.
A roda do triciclo armando um tráfego este sol
seu reflexo três quartos na água,
mais a tela do ônibus que esse olho vermelho.

Uma vez me disseram que era um sol.

E se para tocar o sol bastava
pôr o dedo mínimo na primeira
corda depois do dó, sempre ensinaram
melhor o anular, contorná-los
como o cartel –fechado– nos bares
e me dá vontade de lhes dizer qual
é o câmbio de sol para peso,
mas a taxa é outra (jogo de mãos
e caretas) quando a pronuncio
na guitarra.

No céu despejado não há pontos de referência
para dizer perto ou longe.

Melhor que venha o sol, que trague
a quem os permitem apenas quinze dias
retribuindo o ano de maltratos
(era grátis, gratuito, grátis, grátis).
Com a cor tijolo das casas
sem terminar (já, quase todas)
dourado o ouro, o dia, o homem
não a prata, a lua, a mulher (por acaso a tela
ou melhor a fortuna da garçonete que recebe
a gorjeta qual deus do mesmo nome).
As dezenas de vezes que tentamos a foto
com o pôr do sol, a espera
por revelar um rolo que nos apresentaria
negros de novo, tapando um vermelho incompreensível.

Na cidade que habito eu decido
se me alimento, se me abrigo, se olho minhas pisadas quando me vire.
Quem decide lá fora é o sol,
se cresce algo de comer, se morro
de hipotermia ou transpiro.
Rezaria antes para ele que por ninguém:
gema de ovo do campo
derramada no mar a taça
não do galã da tevê
e sim dos espectadores.

A clara prévia a revolver-se é uma nuvem
e o céu cobre a frigideira.
O ruído desse azeite lembra o das ondas
quando se está no mar e não com a concha no ouvido,
a regadores quando encharcam, e

os filmes nos roubaram até o entardecer.
O ônibus nos tem roubado a viagem.

Ao sol jornaleiros o construíram
como os deste ônibus, que nem olham-no
agora que a energia pode inventar-se em outros sóis,
que não os bronzearão
ainda que se jurem convidados.

Difícil adorar a um único sol
quando já existe a palavra sóis
e um não sabe se viu ontem o mesmo
(mudaram o caminho e a abraçada
quando no caminho lhe saíram brotos
e a que amamos, o cenho franzido
as dezenas de vezes que tentamos a foto
com o pôr-do-sol, a espera
por revelar um rolo que nos apresentaria
negros de novo, tapando um vermelho incompreensível
como o do olho em tomadas digitais.
Por acaso fique só o vermelho puro
que veem os fechados sob o sol,
delgados pássaros de interferência.

A terramoça (que palavra) disse
que para uma melhor visão do filme
fechem as cortinas.

Tradução: Virna Texeira